Ana Francisca Abarca de Bolea (*)

(1602-1685)

No lo recuerdo, claro, pero acaso una de las primeras cosas que viera al poco de nacer -en la ciudad de Zaragoza, el 19 de abril de 1602-, fuese la Torre Nueva, puesto que vine al mundo en la casa de mis padres, frente a la iglesia de San Felipe, que todavía aún existe. No así la hermosa Torre hace ya tiempo abatida por los hombres. Siguiendo una costumbre frecuente en las familias de posición, mis progenitores encomendaron mi educación a las monjas cistercienses de Casbas. Con ellas crecí desde los tres años. Poco por tanto conviví con mis padres, doña Ana y don Martín, que murieron al cumplir yo doce y catorce años. Más traté a mi hermano y hermanas y a sus hijos cuando yo paraba en Zaragoza, Huesca o Siétamo, y en algunas visitas que mis hermanas me hicieron al convento, en donde siempre habité. Gran amor les tuve a todos. En especial a mi sobrina Francisca Bernarda, monja conmigo en mi vejez.

Monja fui desde el día 4 de junio de 1624 cuando tomé el velo. Y fui curiosa, inquieta, razonable, pero no sumisa, y creo que trabajadora. Me ocupé siempre de los quehaceres del convento y de mi orden, y más durante los cuatro años en que fui abadesa, desde 1672 a 1676. Pero también me interesé por el mundo, aprendiendo sus cosas no sólo en los libros, más bien sobre todo en las amistades que tuve el honor de disfrutar: la del buen Uztarroz, mi querido Gracián, nuestro lúcido Lastanosa tan generoso, y tantos otros, como el conde de Guimerá, el gran cronista Ximénez de Urrea, fray Jerónimo de San José, eminente historiador, y más que ya no nombraré, con una excepción, la de mi hermana de hábitos doña Ana Paciencia Ruiz Urríes, autora de hermosos versos. Con ella lidié cariñosamente en más de un certamen literario, aquellos de que tanto gustaron mis contemporáneos en honor de reyes y principes o dedicados a eventos de gravedad para la historia. A muchos de los míos, a demasiados, sobreviví, y eso a pesar de que la salud no se portó muy bien conmigo durante los más de ochenta años en los que me afané en el mundo.

Escribí. Y escribí. Verso y prosa, y no sé cuál de ellos mejor o con más gusto. Mis obras publicadas fueron Catorze vidas de Santas de la Orden del Císter, Vigilia y Octavario de San Juan Baptista, Vida de la Gloriosa Santa Susana. Otras que no llegaron a la imprenta y que sé han desaparecido fueron Vida de San Félix de Catalicio y Aparecimiento y Milagros de la Virgen Gloria.

En fin, ya vale. Terminaré mi argumento, compuesto, no he de negarlo, a la fuerza y porque algun conocimiento de mi trabajo quedara entre vosotros, si os place la molestia. Contenta acabo así, pues sigo al término considerando que "el que logra lo que es suyo/ no quiera más galardón,/ conténtese con la luna/ hombre que la mereció".

(*) Relato fabulado a partir de los datos contenidos en:

Fuentes: Campo Guiral, María de los Angeles: Doña Ana Francisca Abarca de Bolea. Colección "Los Aragoneses". Diputación General de Aragón. 1993.


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