ARAGÓN POR LA PAZ Y CONTRA EL TERRORISMO

Zaragoza, 21 de agosto de 2000

Conciudadanos:

ETA ha vuelto a asesinar. ETA ha matado a dos conciudadanos nuestros, a una joven asturiana y a un muchacho toledano. Sus cuerpos, ayer vivos, son despojos martirizados.

José Ángel [de Jesús Encinas] era un muchacho de 22 años, montañero y deportista, que empezaba a vivir sus ilusiones como servidor público y como persona, con la vida por delante.

Irene [Fernández Pereda] ha sido asesinada sin cumplir los 33. Hace sólo cinco que logró su deseo de ser guardia civil. Los enemigos de la vida y de la paz ya habían atentado contra ella y sus camaradas en Sallent, hace tres años. Pero aquel riesgo cierto para Irene, menuda y frágil de apariencia, no le hizo desistir de su servicio ni de su vecindad aragonesa.

Irene y José Ángel no vivían sus días para sí y para los suyos. Vivían para cuidar de nuestras personas y de nuestras leyes. Su vocación y su deber eran protegernos, aun con riesgo de su vida.

Ayer, de amanecida, ambos estaban dispuestos puntualmente para su quehacer, gozoso para ellos aunque les vedase el descanso de un domingo de verano. Así vivieron sus últimos segundos: listos para servirnos.

ETA ha vuelto a asesinar. La fiera nos ha robado de nuevo dos vidas insustituibles. El valle del Pirineo en el que servían a sus conciudadanos ha vestido su más negro luto y los llora de corazón, con todo su sentimiento, con todo su dolor. Y así los lloramos aquí nosotros, incapaces de devolverlos a la vida, ahogados en amargura, llenos de indignación e ira, con poderosos sentimientos de justa vindicta.

Nuestro pensamiento y nuestra angustia están hoy, sobre todo, con sus padres, con sus familas, con sus allegados y con sus compañeros de la Guardia Civil.

Todas las instituciones democráticas de Aragón y el Movimiento contra la Intolerancia, nos han convocado aquí. Eso ha hecho más sencilla nuestra pronta reunión cívica.

Este acto que nos congrega es una manifestación. Y debe ser un manifiesto.

Mostramos así nuestro duelo verdadero y proclamamos la condena general de sus asesinos. Hemos venido a cumplir un deber amargo, pero insoslayable.

Hemos dejado nuestras casas y quehaceres por un imperativo moral, porque sabemos que no debemos callar. Para decir a las familias de Irene y José Ángel que sus lágrimas nos queman. Porque ETA nos hace llorar con sus crímenes inicuos.

Pero no mata sólo para que lloremos, sino para que acabemos por callar. No mata sólo para ver en aflicción a millones de ciudadanos, sino para asfixiar nuestros espíritus en el temor. No mata sólo para que suframos, sino para que el miedo nos amordace, para que el terror se sobreponga a la razón y a la justicia, para que creamos en su fuerza y aceptemos doblegarnos.

¡ETA: no lo conseguirás!

ETA ha vuelto a asesinar y todos somos objetivo potencial para estos servidores de la muerte. En su reguero sanguinario yacen cientos de cadáveres: de adultos y niños, de ancianos y mujeres, de militares y civiles, de políticos y empresarios, de funcionarios y trabajadores, de parados y estudiantes, de madres de familia, de magistrados y fiscales, de escritores, periodistas y profesores...

Eso es una gran razón para oponernos a ellos, por insensatos y vesánicos, porque nada ni nadie puede justificar semejante iniquidad. Pero no es la única razón, ni la principal.

La profunda perversión que encierra cada crimen de ETA no depende de que reduzca o amplíe su horizonte de destrucción. La maldad moral de ETA no está en la longitud o en la anchura de sus listas macabras. La vileza de ETA no estriba en la cantidad, ni en la variable coyuntura, ni en sus métodos atroces y desalmados.

ETA es vitanda y abominable porque quiere vencer con sangre y plomo, con crímenes y estragos, con terror y muerte.

Conciudadanos: es de suma importancia que nos juramentemos aquí. Que digamos a estos inicuos matadores, y que nos oigamos decir unos a otros, en voz alta y clara, ante cada ataúd y cada ruina, que no nos plegará nunca a su ley de exterminio. Que todos sus asesinados son y serán nuestros muertos.

Decíoslo unos a otros, con los labios o con la mirada. Transmitíos de corazón a corazón la fuerza de la vida frente a la muerte, que es nuestra fuerza. La fuerza del derecho frente al crimen, que es nuestra fuerza. La fuerza de la civilidad frente al terror, que es nuestra fuerza. La fuerza de la democracia frente al totalitarismo, que es nuestra fuerza.

Han vuelto a asesinar y Aragón y España son hoy un mismo llanto. Sólo un puñado de insensatos o fanáticos nos niegan y se niegan la solidaridad que les pedimos con la vida, con la paz, con el respeto al otro y con la democracia.

Fingen que estas muertes terribles no les afectan, o que son tributo a esa patria que dicen construir sobre la sangre, la extorsión y el desmán. No quieren oír que su patria de terror ya existe y que sus únicos y detestables habitantes son ellos mismos. Porque nunca tendrá otros.

Han vuelto a asesinarnos. Pero que no se equivoquen: nuestro llanto no es el del vencido, No tomen nuestro lloro por signo de resignación. Nuestras lágrimas son dolor, pero también ira contenida, indignación profunda y firme determinación.

Hemos venido a llorar a nuestros muertos. Y a decir resueltamente que denunciamos a ETA, que condenamos a ETA, que despreciamos a ETA.

Con la mente en el futuro de nuestros hijos, gritamos a ETA y a sus fúnebres y solitarios amigos que nos matan para nada. Que la ingente montaña de muertes ante la que nos emplaza sólo da la medida de su fanático desprecio por el ser humano y por el mismo pueblo vasco cuyo buen nombre ensucian.

Conciudadanos, digámoslo de nuevo: ETA, puedes matarnos. Pero no podrás vencernos.

Que Irene y Jesús Ángel descansen en paz.


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