CELEBRACIÓN DE SAN JORGE 2005. INTERVENCION DE JOSÉ MANUEL BLECUA.

Sala de la Corona. Edificio Pignatelli. Viernes, 22 de abril de 2005 .

Excmo. Sr. Presidente del Gobierno de Aragón,

Dignísimas autoridades

Señoras y señores

¡Muchísimas gracias! Como se lee en la Primera Parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, “De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud” (capítulo 22) y se añade en la Segunda Parte en los consejos epistolares de don Quijote a Sancho: “Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe…” (capítulo 51). No quisiera caer en el grave pecado de la soberbia, pero sí comprenderán ustedes fácilmente que sienta un gran orgullo tal como corresponde al honor que el Gobierno de Aragón me hace, honor totalmente inmerecido. En un principio, me sorprendió su concesión y al punto tuve una inmensa alegría, puesto que siempre me he considerado por encima de todo aragonés y de patria zaragozana, consideración que se extiende incluso al fútbol.

Recuerdo ahora los ojos emocionados con los que pude contemplar esta solemnidad cuando mi padre recibió este mismo premio; es indudable que él poseía un conjunto de méritos muy superior al mío, aunque este año 2005 a mí me proteja particularmente Miguel de Cervantes. Conozco el aforismo que aconseja “No mostrar satisfacción de sí” (Baltasar Gracián, Oráculo manual, 107), y también que “para cobrar fama de cortés”, nunca se debe hablar de uno mismo; sirva de excusa, sin embargo, la necesidad de mostrar públicamente mi hondo agradecimiento para así poder salvar el merecido reproche gracianesco.

Al recibir la noticia, he evocado mi niñez en una ciudad triste por la proximidad de la guerra, las restricciones de luz, las caras demacradas, el cálido olor de los boniatos en las cocinas y, sin embargo, al mismo tiempo y en duro contraste, se trataba de una ciudad felicísima para los niños, ya que podíamos jugar al fútbol en cualquier solar, incluso en la puerta de casa, o bajar montados en artilugios pintorescos por las pendientes donde se guardaban los carros de la basura al final de la Gran Vía actual. Andábamos día y noche, casi sin control, descubriendo un mundo nuevo por los parajes de los alrededores de Zaragoza, incluso cuando fuimos un poco mayores nos atrevíamos a llegar hasta Tarazona, camino de Agreda, en un autobús lentísimo que paraba en todos los pueblos o a subir a Canfranc con un papelillo extraño que llevaba una bandera y que fue necesario para acercarse a lugares de peligro sumo como la frontera francesa. Entre estos recuerdos tan lejanos cobra vida la casa de don Juan Moneva, que tanto me impresionaba cuando íbamos de visita, después de echar las cartas en la boca del león de Correos.

Yo quiero confesar en estas palabras que mi profundo amor a Aragón se desarrolló cuando pude unir los sentimientos y las ausencias con el conocimiento de su historia y del territorio lingüístico; fueron los años en que en el invierno estaba encargado del curso de Dialectología en la Universidad Autónoma de Barcelona y en los veranos de algunas clases en los Cursos para Extranjeros de la Universidad de Zaragoza en Jaca. Leí trabajos sin cuento sobre Aragón y el aragonés; descubrí muy pronto que montes, ríos, caminos, pueblos, estaban ligados a mi infancia y a mi juventud; a mi vida, en una palabra: la formación de un territorio lingüístico, sus fronteras (el problema apasionante de la frontera catalanoaragonesa sobre todo al norte de Benabarre, tan bien estudiado por Haensch), los topónimos (Juslibol, Aragüés, Araguás, Banaguás); los antropónimos de origen francés (Gaston de Bearn, Godofredo lo Petit), las palabras tan conocidas como melico, piacico o paco (opako en un documento de 1042), con presencia en la toponimia menor en Paco Pardinas, Paco Martín. El gran éxito era la clase en la que se daba cuenta del proceso de repugnancia del aragonés al esdrújulo cuando los alumnos escuchaban la realización fonética de medico o de maquina. Años después, en 1979, la publicación del magnífico Atlas Lingüístico y Etnográfico de Aragón, Rioja y Navarra (ALEARN), dirigido por Manuel Alvar, ya nos permitía trabajar en los fenómenos con gran seguridad, recuerdo que comenzamos por el mapa 18, hormiguero, para estudiar los casos tan conocidos de mantenimiento de f- inicial latina y también con los dos mapas de azada (99 y 100). Ya se pueden imaginar lo mucho que yo he presumido en mis clases sobre el aragonés, sin mérito alguno, gracias a los conocimientos que me proporcionaron los trabajos profundísimos de mis amigos mayores (Alvar, Lázaro, Monge, Buesa, educados bajo el magisterio de don Francisco Ynduráin), como ahora lo hago con los escritos filológicos de colegas zaragozanos mucho más jóvenes.

La lectura de las obras filólógicas aragonesas fue entonces mi camino de encuentro con los amigos que me enseñaron tantas cosas. La fortuna ha querido que muchos años después, en la Conmemoración del Quijote en su primera edición, haya intentado contribuir precisamente a la difusión de la lectura como fuente de adquisición de conocimientos. A este propósito recuerdo que un ilustrado aragonés, Ignacio de Luzán, publicó en 1751 un libro apasionante, Memorias literarias de París, obra en la que intenta informar a los españoles de la situación general de los estudios y bibliotecas en la Universidad y en las Academias de París. El libro lleva un extenso e interesante dictamen del Padre don Juan de Aravaca, que contiene una brillante alabanza de la lectura: “La lectura nos franquea el inmenso tesoro de noticias de que carece el que se ha contentado con lo poco que le ofreció la casualidad o la precisión de imponerse en alguna materia. La lectura multiplica las ideas que nos hacen mirar las cosas de muy diversos modos, y eleva nuestro entendimiento a lo sublime, dándole un vigor noble, y una fuerza invencible para discurrir con acierto sobre todo. La lectura libra a los jóvenes inexpertos de la ilusión de que insensiblemente incurren de mirar a sus compatriotas como únicos en el saber y solo dignos de seguir en cuanto hicieron. […] Con las luces que los libros comunican, destierran mil errores de que se hallaban imbuidos, dan extensión a sus talentos y reciben en sí las semillas de muchas y muy útiles producciones para perfeccionarse y aprovechar a otros.”

No sólo fueron años de lectura, sino también de conocimiento hondo de un territorio. Antes he citado el topónimo Banaguás (el término es Banaguasse en un documento de 1084) en un homenaje a un lugar que quiero ahora recordar porque en él el cielo, en contra del verso de Argensola, “es cielo y es azul”, donde se mantiene, además, la paz de los atardeceres silenciosos, con puestas de sol magníficas, mientras las miradas van de Oroel al Pirineo.

En este último apartado de recuerdos resuenan con fuerza los de las palabras iniciales del soneto de Ildefonso Manuel Gil: “Ya ves, José Manuel, como temías / el tiempo pasa y queda, envejecemos…” En los últimos años de su vida, en su vejez, mi padre vivía con el recuerdo permanente de Zaragoza, pero no de la actual, sino la de su juventud. Su mayor ilusión era encontrar un mapa de aquella ciudad para poder pasear desde su sillón. Leíamos el Heraldo de Aragón, e íbamos muchas tardes por el Coso, camino del antiguo Instituto Goya; recorríamos una por una las casas y tiendas que desde el viejo café de la esquina de la Plaza de la Constitución iban hasta la pensión de mis abuelos, casa que todavía existe hoy. Como uno de los temas de conversación eran los libros, nos acercábamos a veces hasta la librería de lance de Inocencio Ruiz o entrábamos en la Librería General, en la antigua, claro, y los días de paseos largos llegábamos a alcanzar la zona del quiosco de Alcrudo. Cuando hacía buen tiempo bajábamos hasta el Ebro para llegar a Helios, porque Ángel Canellas poseía una piragua y era generoso en compartirla. A pesar del aforismo, “las palabras son sombra de los hechos”, en estos años no había “hechos” en nuestros paseos por la Zaragoza antigua, sino proyección de la vida en la ciudad y meditación de la historia personal en una estructura urbana. Aprendí entonces lo mucho que significa para la existencia la ciudad donde han transcurrido los años básicos de la vida.

Yo, que únicamente soy “sabio de fortuna” (“persona que sin haber estudiado es tenido por docto”, como se explica en el Criticón), he recordado hasta aquí mi infancia zaragozana tan feliz, ocultando más de una trastada indigna de los buenos chicos que aparentábamos ser y que hoy no parece oportuno traer a la solemnidad del acto; me he detenido en mi formación intelectual y en los motivos de hondo afecto por Aragón, en inviernos barceloneses y veranos jacetanos, y he aprovechado para hacer una consideración sobre la importancia de la lectura. La tercera etapa corresponde a la recuperación de la historia personal y familiar a través de la evolución de la ciudad, de sus lugares y habitantes más queridos.

A partir de hoy se inicia para mí una nueva etapa, ya que si “no tenemos cosa nuestra sino el tiempo”, como apuntaba nuestro Gracián, ese tiempo que nace con esta inmerecida concesión, es el tiempo que yo me comprometo a dedicar para merecer este premio con mi trabajo futuro. Este es mi ofrecimiento para colaborar modestamente en todos las tareas que signifiquen tanto la modernización que buscaba y deseaba Luzán con tanto ahínco como el mantenimiento de lo más permanente que he simbolizado en esos espacios naturales que tanto deben a los cuidados de la señora Margaret Wallström y que yo he querido traer aquí en la imagen de los valles y de las hablas del Pirineo, sobre todo de la zona tan querida de Banaguás, y en las aguas de un río que a veces, como describía el poeta clásico, con su vigor aragonés “no sufre márgenes ni puentes.”

Muchas gracias


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Fecha Creación: 22-04-2005

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